Era una tarde soleada invadida por olores de primavera, la tarde anunciaba un momento de tranquilidad en medio del tráfico y la contaminación citadina. Había terminado una jornada más de trabajo y se disponía a tomar una cerveza en el lugar de costumbre. Mientras manejaba camino a su destino, sonaba una canción en la radio que la hacia recordar parte del pasado...cabalgata de las cosas sobre mi, cabalgata estallido interno.... pensaba en esos días grises y lluviosos en los que sin preocupación del mañana caminaba sin prisa y descalza. El semáforo en verde y una jovén histérica detrás de ella, le avisaba que debía avanzar. Siguio el camino hacia el restaurant y saludo al mesero "lo de siempre por favor, te molesto con un cenicero" Así, llego el tarro a la mesa y un plato de carnes frías y quesos, prendio un cigarrillo y saco del bolso un pequeño libro con varias anotaciones en las orillas, solto un suspiro al aire y se preguntó ¿qué es la felicidad? ¿es una constante o son momentos espaciados en la vida?. En esa tarde ella se sentía feliz, sentía que las cosas fluían y que la vida había sido lo suficientemente generosa como para darle un descanso en medio del abrumador mes que vivía. Pasaron un par de horas y sin esperar nada, sólo leyendo y fumando un cigarro, se le presentó de frente...
A -Nunca pense encontrarte aquí!
S -Hola, cómo te ha ido?
A -Quieres tomar algo? Estas con alguién?
S -No, aún no llega...tú esperas a alguién?
A -No no, toma asiento por favor...
Las copas corrieron, la cerveza se convirtió en vino tinto, después un vodka...un cigarrillo, recuerdos vivos que parecían estar dormidos. Su mirada le avisaba la prisa por vivir, sus manos temblorosas buscaban espacio entre su piel y sus labios delgados rozaban lentamente su mejilla.
S -Ha sido una grata sorpresa encontrarte
A -Ha sido una linda coincidencia que no llegara tu cita
S -Llamame mañana, desayunemos en mi casa
A -No lo sé, no quiero ser inoportuna
S -Esta bien, si te decides te espero a las 10:00 am
En un abrazo se fundieron los sentimientos y con un calor especialmente distinto se demostraron el miedo a mirarse a los ojos. El miedo que les separo seguía presente, ella solía desaparecer con el alba y no llamar jamás. Una vez más le esperaría toda la vida, una vez más le escribiría un poema con el corazón en la mano, una vez más se había ido.
A veces pensaba que sólo necesitaba la señal indicada para dejar su vida cotidiana y embarcarse en la aventura que representaba ese olor a flores y esas manos tersas y dulces...
De regreso a casa pensaba en lo afortunada que había sido al encontrarse. No sabía por que ni como, pero su presencia desenredo la maraña. Su amor nunca le pertenecerá, su cuerpo cálido y frágil será de alguién más, pero nunca podrá llevarse la sensación de frescura y tranquilidad que encontró en sus brazos aquella noche fría y callada, en medio de un crepa y una copa blanca, no podrá quitarle el recuerdo de sus besos libres en medio de cuatro paredes. Eso era la felicidad para ella, el eterno recuerdo del amor entre sus sábanas y la seguridad de no tenerle nunca más...







